EL PSICOLOGO INFORMA ::.
QUÉ HACER ANTE…
“NIÑO DESOBEDIENTE, QUE ”VA A LA SUYA”, QUE ES MUY NERVIOSO, ES EXAGERADAMENTE REVOLTOSO, NO SE AUTOCONTROLA Y ES INESTABLE”
Fernando Melchor
Psicólogo
- Contener, controlar, frenar y poner límites a las presiones, demandas injustificadas y caprichos ya desde que sea pequeño.
- Cuando no se ha actuado previamente con firmeza y se ha ido perdiendo el control efectivo de las situaciones de interacción con nuestro hijo, puede ocurrir que con sólo 3 años de edad llegue a dar patadas a sus padres y ya no les obedezca más. Si llega a la adolescencia, ya será demasiado tarde, porque el hijo se sentirá muy crecido, no sólo física, sino sobre todo psicológicamente. Además, estará muy bien entrenado y reforzado en sus conductas de imposición.
- Hay que saber “plantarse” y “plantarle cara” y decir que no ante demandas excesivas e improcedentes. Hay que saber decirles que no.
- No reaccionar al nerviosismo o tensión del niño con una tensión similar, a fin de evitar el círculo vicioso que se genera y del cual nadie sabe salir.
- Darle afecto y paciencia, entonces el niño irá abriéndose y se irá mostrando agradecido. Mostrarle atención y ser justo con él. La paciencia y la comprensión son estímulos mucho más eficaces que las críticas acerbas o los castigos que, no solamente sirven para ayudar al niño, sino que manteniendo está atmósfera de combate permanente, hacen que los mismos padres sean cada vez más irritables.
- Crear en torno suyo una atmósfera tranquila y serena, evitando gritos y nervios de los propios padres. Hay que evitar la excitación inútil, que no conduce a ningún lado.
- Dominar la situación por parte de los padres: hay que combinar autoridad con seguridad, tenacidad, decisión y tranquilidad a la vez.
- Ambos padres deben mostrarse con actitudes de igualdad y estabilidad. Conviene saber dejar pasar con indiferencia ciertas reacciones cuyo único objetivo es captar la atención de los padres. Este dominio tranquilo y pacífico es lo primero de todo y quizás lo más difícil de poner en práctica.
- Proporcionarle al niño nervioso, ocasiones para que “se descargue”, situaciones en las que se mueva y se lance a actividades absorbentes. Garantizarle cierto margen de libertad, de independencia. Llevarle suavemente a tareas de expresión que les liberen de la tensión interior: música, modelado, manualidades, ejercicio físico, práctica de algún deporte…
- Llevar un ritmo de vida regular calmara por sí solo a algún niño nervioso. El sueño debe ser suficiente, con horas más o menos idénticas a la hora de acostarse y levantarse.
- Integrar al niño en la vida familiar lo más posible y, al mismo tiempo, participar en sus alegrías y preocupaciones, interesándose por sus gustos y aventuras. Sólo una atmósfera de confianza, de afecto y de comprensión mutua, hará posible una educación equilibrada.
- Los padres y madres ideales sienten un cariño especial por sus hijos y no los consideran una carga. Hay que armonizar la ternura y la comprensión con la firmeza y las exigencias necesarias. No hay que perder ocasión para animar al niño a que actúe con independencia y procura encargarle tareas nuevas que pueda lograr con un poco de esfuerzo.
- Ante las desobediencias, rabietas, errores y conductas improcedentes no se reacciona con severidad, castigos físicos, gritos o insultos. Hacer como si no nos diéramos cuenta y así ignorar estas conductas inadecuadas, dando con ello a entender al niño que su conducta improcedente no merece la más mínima atención. Sin embargo, no debemos escatimar atenciones, elogios y alabanzas cuando la conducta de nuestro hijo sea el apropiado.
Los padres ideales son los que reúnen en su persona, en dosis adecuadas, la firmeza, la vitalidad, la decisión y la fuerza, de una parte, y la ternura, comprensión, tolerancia y alegría comunicativa, de otra, siempre en perfecta interacción.
Los niños caprichosos, inseguros, mimosos, abúlicos, tiranos, fracasados escolares, inaguantables…, suelen ser consecuencia lógica de la desastrosa educación recibida por madres y padres inseguros, histéricos, ambiciosos, “sargentos”, “madrazas”, cursis, perfeccionistas…
- Aunque el niño pequeño no sepa distinguir lo que es y no razonable, sí entiende cuándo se le manda por despecho, por capricho o simplemente por afán de imponer nuestro criterio en contra de su voluntad. La obediencia es necesaria para la formación de la conciencia del niño, y, si no se le enseña a obedecer, podrá convertirse en un ser amoral, no sujeto por otra norma que su propio capricho. Pero, en ningún caso, el padre o educador puede entender por obediencia que el niño se someta “incondicionalmente” a sus caprichos y deseos poco razonables.
Para que la obediencia sea educativa, el adulto debe mandar siempre “según razón”. Esto significa que el primer obediente ha de ser el que manda, obedeciendo a los dictámenes de la razón y respetando al niño, a fin de que éste aprenda a respetarse a sí mismo y a los demás. Si el padre, en lugar de pretender que su hijo le obedezca de inmediato cuando está más entretenido y absorto en el juego, le previene con cierta antelación de que, dentro de un rato tendrá que dejar el juego para merendar, hacer los deberes o cualquier otra cosa, está respetando al niño y mandándole razonablemente.
Recuerde usted cómo reacciona cuando está viendo su programa favorito de televisión y el niño le exige la merienda de inmediato.
En resumen, debe evitarse que el mandato sea entendido por el niño como imposición y prueba de fuerza entre él y sus padres. Sólo han de darse las normas desde la coherencia y la razón, ya que el fin de la obediencia no es “vencer”, sino “convencer”.
- Los premios y castigos se enmarcan dentro de la motivación extrínseca o de rango inferior. Son reforzadores externos de la conducta que mueve a actuar al niño, bien por razones pragmáticas e interesadas, es decir, por la recompensa que se espera recibir de inmediato, o bien por temor a ser castigado y perjudicado si se lleva a cabo una conducta improcedente. La motivación extrínseca, como es el caso de los premios y castigos, presenta estos inconvenientes y limitaciones:
1) Es fugaz y escasamente eficaz, ya que el niño busca directamente el premio y no la realización de la tarea escolar con éxito. Al principio se intensifica la conducta si se le premia; pero, poco a poco, el premio pierde efectividad y el alumno pronto no se esforzará.
2) Desaparecen rápidamente la curiosidad y el interés que toda nueva tarea despierta de una manera natural en el niño.; pues al prodigar los premios, la recompensa, que debería ser un medio, se convierte en un fin principal de la actividad. Resulta evidente que el uso indiscriminado de premios y castigos sofoca desde sus comienzos la verdadera motivación, la satisfacción natural o intrínseca experimentada tras una labor bien hecha.
3) Si los premios hacen que la realización de la tarea con éxito sea un medio para lograr una recompensa, casi siempre natural, los castigos también convierten la realización de la tarea con éxito en un fin (evitar los castigos).
4) Premiar a los alumnos por realizar actividades escolares que por sí mismas ya les resultan atractivas es un gravísimo error pedagógico, porque se destruye de raíz la motivación intrínseca o satisfacción personal por la tarea bien hecha.
Lo correcto es saber activar factores internos, como la curiosidad, el interés y atractivo por la novedad, desencadenando en el niño las ansias de aprender, de conocer y asimilar nuevos contenidos. Hemos de lograr que el placer por saber más y mejor, que es inherente al ser humano desde la cuna, no se malogre ya a temprana edad. Lo más recomendable es ignorar las conductas negativas y reforzar con atención y alabanzas las conductas positivas.